CÓMO AFRONTAR EL SUFRIMIENTO DESDE LA AUTOCOMPASIÓN

Los medios de comunicación, nuestros familiares y nuestros amigos no dejan de repetirnos lo importante que es pensar en positivo, invitándonos a evitar todas las sensaciones y pensamientos que nos ocasionan malestar, que, por otro lado, de una manera o de otra termina apareciendo. El mensaje suele ser claro: obviar el sufrimiento, escaparse, evadirse; buscar otra cosa que nos reconforte.

Es verdad que pensar de forma negativa a menudo dificulta que las situaciones mejoren, pero tampoco resulta fácil en determinadas circunstancias cambiar nuestro discurso interno por cualquier otro repleto de positividad.

Por ello, nuestra psicóloga Irene Arroyo Quirell, quiere compartir con vosotros una publicación sobre la autocompasión como forma de afrontar el sufrimiento que nosotros mismos generamos:

Como sabemos, es imposible vivir, de forma permanente, inmersos en situaciones positivas y emociones placenteras. No podemos obviar el sufrimiento. Vivimos en un mundo en el que el sufrimiento existe. Nos llega, en algunas situaciones, y se va. Todos, de una u otra manera, lo hemos experimentado. Simplemente, es algo que forma parte de la vida.

El sufrimiento puede ser interno, proveniente del discurso mental que reservamos para nosotros mismos; o externo, que viene de fuera y surge de aspectos que no podemos controlar.

¿Hay alguna manera de librarnos de él?

Eso depende de a cuál nos refiramos. Para el caso del sufrimiento originado por circunstancias que no podemos controlar es más complicado, ya que éste es más inevitable.

Pero, sí podemos deshacernos del sufrimiento interno.

Nuestro cerebro registra lo que vemos o aquello que nos pasa e, inmediatamente, nos lo devuelve con una respuesta fisiológica. Por ejemplo: cuando vemos una situación de peligro, se acelera nuestro corazón y experimentamos miedo; si vemos una comida que nos gusta, salivamos; ante situaciones eróticas, nos excitamos; si nos abraza un ser querido, sentimos calma, seguridad y calidez; etc. Del mismo modo que la manera en que nos hablamos a nosotros mismos también promoverá diferentes sensaciones y respuestas guiadas por el mensaje que nos queramos transmitir.

Entonces, podemos actuar de dos maneras: desde la autocrítica y desde la autocompasión.

  • La autocrítica.

En ocasiones, el hecho de ser autocrítico puede impulsarnos y motivarnos a mejorar. Pero si vivimos criticándonos de forma permanente, en lugar de conducirnos a mejorar, terminaremos agotados y torturados ante nuestros propios ataques, pues las exigencias cada vez serán mayores y los esfuerzos los sentiremos inútiles. Podemos acabar centrados en los déficits y experimentando emociones como la ira, la frustración, la ansiedad y el  desprecio hacia nosotros mismos.

  • La autocompasión.

La autocompasión es la bondad y aceptación de uno mismo. Cuando nos hablamos desde la autocompasión nos sentimos seguros, calmados (como cuando nos abraza un ser querido), y la seguridad es esencial para liberarnos del sufrimiento.

Por ello, debemos procurar hablarnos desde la amabilidad y el cuidado.

Si nos hablamos desde la autocompasión seremos, también, capaces de dar lo mejor de nosotros mismos, de mirar hacia adelante y saber encajar lo positivo y lo negativo que nos ocurra, podremos validar los obstáculos que se nos presenten y generar el coraje suficiente para continuar.

Para potenciar la autocompasión tenemos que cuidar el tono en el que nos hablamos, entender que el sufrimiento es parte del camino del ser humano, saber disfrutar de nuestras propias alegrías y las de los demás, y vivir aquello que nos suceda sin aferrarnos, sea bueno o malo.

Para que lo entendamos mejor, en este ejemplo se dan ambas formas de comunicarnos:

Somos autocríticos cuando nos machacamos a nosotros mismos porque hemos suspendido un examen después de llevar mucho tiempo estudiando y esforzándonos por aprobar. Y autocompasivos cuando, a pesar de haber suspendido, valoramos el esfuerzo y tiempo invertidos y sacamos el coraje suficiente para volver a hacerlo.

En definitiva, si somos autocríticos podemos conseguir pasarnos la vida intentando ser “perfectos” y castigarnos cuando consideramos que no lo estamos siendo. O, por otro lado, al ser autocompasivos podemos aceptar que no lo somos y valorar todo lo que hay detrás de lo que hacemos: el esfuerzo, la dedicación, y sobre todo, la intención.

“No hay hombres perfectos, sólo intenciones perfectas”, Morgan Freeman.

Cuando intentamos ser perfectos en todo, podemos caer en la trampa de estar generando nuestro propio sufrimiento.

Nos pasamos la vida mostrando nuestras virtudes y tratando de no tener defectos. O escondiéndolos y esperando que los demás nos los acepten. Pero, si deseamos que los demás validen nuestros defectos, ¿por qué no lo hacemos nosotros mismos? Si somos capaces de aceptar que los demás tampoco son perfectos, ¿por qué tratamos de serlo nosotros?

Es muy difícil intentar vivir en lo más alto, ya que es algo que no podemos sostener por mucho tiempo. Por ello, os animamos a que os habléis desde la autocompasión y el autocuidado independientemente de si os habéis caído o tenéis que celebrar una victoria.

 

Recuerda que también puedes encontrar este contenido en  http://www.quererseespoder.com/autocompasion/

¿Qué es la ansiedad y cómo diferenciarla del miedo?

Como muchas veces confundimos la ansiedad con otras sensaciones de nuestro cuerpo, queremos dejaros esta publicación de nuestra psicóloga Irene Arroyo Quirell sobre qué es la ansiedad y cómo podemos tratar de gestionarla. Esta publicación la podéis encontrar también en http://www.quererseespoder.com/ansiedad/

La ansiedad surge como una reacción de alarma de nuestro organismo ante situaciones que son interpretadas como peligrosas o amenazantes. Puede  describirse como un estado generalizado de alerta y activación.

Pero, antes de conocer en profundidad  más detalles sobre la ansiedad, es imprescindible distinguirla del miedo:

“El miedo al peligro es diez mil veces más terrorífico que el peligro mismo cuando éste se manifiesta ya claramente; y el peso de la ansiedad es mucho mayor que el mismo mal que nos tiene ansiosos”, Daniel Defoe.

Tanto la ansiedad como el miedo pueden darse en una misma situación. De hecho, en muchas ocasiones son emociones que van de la mano. En cambio, tienen lugar por diferentes motivos:

  • El miedo surge por la presencia de un peligro real e inminente generado por una causa específica, comprensible a ojos de los demás.
  • La ansiedad tiene lugar cuando anticipamos un peligro futuro, que no se puede prever ni definir con exactitud. A veces, es incomprendido por parte de los demás. No tiene una causa específica. Es un peligro que nosotros mismos creamos.

¿Por qué es necesario hacer esta distinción? Porque, en muchas ocasiones, se dan los mismos síntomas ante situaciones de miedo y de ansiedad.

También es necesario saber que no todas las personas que padecen ansiedad presentan los mismos síntomas ni su misma intensidad; y que los síntomas no tienen lugar porque sí, sino que contribuyen a preparar al organismo para el peligro. El problema aparece cuando nos alarman de un peligro que nosotros imaginamos, y no de un peligro real. Por eso es tan importante distinguir la ansiedad del miedo.

¿Cuáles son esos síntomas?

  • Taquicardias, palpitaciones, temblores, sudoración, hormigueo, tensión y rigidez muscular, etc.
  • Opresión en el pecho, molestias digestivas, náuseas, nudos en el estómago y sensación de falta de aire, de mareo, de cansancio…

Otros síntomas que pueden tener lugar son respuestas de evitación y huida; alteraciones en la atención hacia el exterior;  cambios en el estado de ánimo (porque nos sintamos inquietos, nerviosos, inseguros, vacíos, atrapados, etc.); alteraciones del sueño, de la alimentación y de la respuesta sexual; etc.

Todos estos síntomas tendrán una función adaptativa cuando nos encontremos ante un peligro real, pues nos permitirán activarnos para defendernos o huir. Por lo tanto, son necesarios y útiles cuando experimentamos miedo.

Pero, ¿y si lo que padecemos es ansiedad?

Cuando son nuestras propias preocupaciones por volver a experimentar estos síntomas, o nuestro miedo a la ansiedad lo que provoca que aparezcan, los síntomas serían inútiles o desadaptativos. Tanto que pueden llegar a paralizar nuestra vida, pues evitaremos muchas situaciones que forman parte de ella para no experimentar esta terrible sensación.

Entonces, ¿cómo podemos combatirla?

Para combatir la ansiedad es necesario reeducar a nuestro cerebro. Cómo ya sabemos, éste se activa ante el peligro y prepara al organismo contra él. Por lo tanto, es necesario volver a aprender qué es un peligro real y distinguirlo de nuestras preocupaciones acerca de lo que puede pasar.

De esta forma, antes de enviar a nuestro cerebro señales de peligro inminente, parémonos a pensar ante qué clase de peligro nos encontramos.

La mejor forma de diferenciarlos es asegurándonos de que es una señal que creamos nosotros mismos. Es nuestra propia preocupación lo que nos genera ansiedad.

Por lo tanto, el pensamiento positivo es de vital importancia. Tenemos que empezar a cambiar nuestra manera de pensar para poder perder ese miedo. Para ello, puede resultar muy útil el uso de autoinstrucciones positivas sobre lo que va a pasar, que nos guíen hacia aquello que queramos llevar a cabo; y comprender que los síntomas aparecen por el miedo que nos genera nuestra propia interpretación sobre lo que nos puede suceder y no por algo que tenemos delante.

Por último, la técnicas de relajación y respiración son muy útiles para combatir la ansiedad. Además, hay muchas otras formas de relajarse, y son actividades que podemos hacer en nuestro día a día en función de nuestros gustos y preferencias.

Aquí  os dejamos esta imagen sobre 50 formas de relajarse que propone el psicólogo Rafael Santandreu:

Fuente: http://www.rafaelsantandreu.es/el-blog-de-rafael/page/4/

Por último, y muy importante, es necesario buscar una ayuda profesional personalizada cuando padecemos una ansiedad que no podemos gestionar adecuadamente.