CÓMO EVITAR QUE NUESTRAS EMOCIONES Y EL MIEDO NOS HAGAN COMER

Como ya sabemos y hemos visto en otras publicaciones, el sobrepeso y la obesidad no proceden únicamente del cuerpo en relación “kilocalorías consumidas frente a kilocalorías gastadas”, sino que hay una importante implicación a nivel mental y emocional en los diferentes comportamientos alimentarios que llevamos a cabo.

 

Por ello, en las próximas publicaciones, nuestra psicóloga Irene Arroyo Quirell va a hablarnos de algunas de esas emociones que se ven involucradas en nuestra ingesta apoyándose en el libro Sobrepeso emocional, de la autora Stéphane Clerget, en el que trata el tema de cómo la emociones pueden hacernos comer más de lo debido.

 

Lo primero que tenemos que hacer es conocer cuáles son esas emociones. La autora de Sobrepeso emocional expone nueve como aquellas que considera más importantes a la hora de que nos empujen hacia la cocina o la nevera. Estas son el miedo, la tristeza, el hastío, la ansiedad, la cólera, los celos y la envidia, el remordimiento y el arrepentimiento, el sentimiento de vacío y la alegría.

 

En primer lugar vamos a hablar del miedo. En una de las publicaciones anteriores hablamos de esta emoción y la distinguimos de la ansiedad. Pues bien, ya sabemos que el miedo sucede ante la presencia de un peligro y que éste cumple una función adaptativa: nos protege y nos hace actuar con cautela ante determinadas situaciones. Pero, ¿y si ese miedo que experimentamos tiene lugar de forma permanente? O por el contrario ¿y si nunca tenemos miedo?

 

La ausencia total de miedo es muy peligrosa puesto que nos expone a asumir todo tipo de riesgos y, por otro lado, el exceso de miedo (en intensidad o duración) puede llevarnos, según la autora, a un sobrepeso emocional:

 

“Un fondo continuo de miedo, o los accesos de miedo repetidos, favorecen la producción de sobrepeso emocional. Y ello porque la ingesta alimentaria (a la que eventualmente se asocia la ingesta de alcohol, utilizado desde la noche de los tiempos como ansiolítico) es un medio para calmar la angustia, que es la percepción física del miedo”.

 

Además, nos explica cómo actúa el miedo sobre el peso:

 

“Entre todos los miedos, teóricamente el miedo a engordar debería hacer perder kilos. Pero, como todo miedo, también puede inducir un sobrepeso emocional, además de comportamientos alimentarios inadaptados, dado que el miedo no es mejor consejero que la cólera”.

 

Hay miedos que intervienen directamente en el comportamiento alimentario impulsando a alimentarse en exceso o, por lo menos, a no perder peso. Se trata de miedos asociados a pensamientos erróneos, anclados en el psiquismo. He aquí algunos ejemplos: el miedo a ser seductora si se adelgaza, asociado al temor a rivalizar, por ejemplo, con una hermana, o al temor a tener un encuentro amoroso y sexual; el miedo a un adelgazamiento que desencadenaría un estado de mala salud como eco de las angustias de una madre nutricia; el miedo a desmayarse o a pasar hambre si no se come lo bastante; y por fin, como caso extremo, el miedo a morir de hambre”.

 

Lo que nos dice la autora sobre cómo trabajar ese exceso de miedo es lo siguiente:

 

“El mejor modo de desembarazarse del miedo es hacerle frente. Si le amenaza, enfréntese mentalmente a él. Para evitar tener miedo a quedarse solo, por ejemplo, acepte la idea; es decir, aprenda a vivir solo. Imagínese su distribución del tiempo, su ocio y sus nuevas prioridades. Se asombrará al constatar que la vida todavía puede tener sentido, que no corre un peligro tan grande, y que entonces ya no le será útil crear una presencia comiendo por dos. Además, ¿acaso no se ha sentido ya muy solo pese a estar rodeado de gente?”.

 

Por lo que, llegamos a la conclusión de que el miedo, como con el resto de emociones, puede ser tratado. Si le prestamos atención y trabajamos con él, en lugar de evitarlo y centrarnos en el comportamiento que desencadena, seremos capaces de conseguir el cambio que tanto deseamos.

 

Y a ti, ¿qué te da miedo?

 

Clerget, S. (2015). Sobrepeso emocional: Cómo librarse de él sin dieta ni medicamentos. Ediciones Urano.

PARTE I: LUMBAGO, CIÁTICA Y CÓMO COMPRENDERLOS

Juan es un hombre de 45 años. Llegó a la consulta de fisioterapia con dolor en la parte mas baja de la misma, el cual le apareció tras levantar una pesada caja una tarde  de  mudanza. Tras una consulta con su traumatólogo, éste fue diagnosticado de lumbalgia pero…

¿Qué es realmente la lumbalgia?

La lumbalgia (también llamada ciática, lumbago…) se define según la Cooperación Europea de Ciencia y Tecnología como “aquellas sensaciones dolorosas o no confortables, localizadas por debajo de la 12ª costilla y por arriba de los glúteos, que pueden irradiarse hacia uno o ambos miembros inferiores”¹.

Es decir, según esta definición la lumbalgia es simplemente un síntoma, algo que percibimos que esta provocado por otro problema subyacente, el cual puede tener causas diversas.

Este dolor de espalda como muchos sabréis, no solo perjudica el bienestar físico, sino también el mental y social, ya que la persona que lo padece experimenta un descenso considerable de la calidad de vida que anteriormente tenía².

Este problema es mucho mas frecuente de lo que pensamos ya que 9 de cada 10 personas tendrá dolor lumbar en algún momento; sin embargo, es posible que ese evento se resuelva y no vuelva a presentarse³.

Muchos pacientes acuden a consulta con la siguiente duda; ¿porqué a mi amigo, familiar, compañero de trabajo…no le duele si tiene lo mismo que yo? Debemos tener encuenta, que los enfermos con lumbalgia no pueden ser clasificados solamente en base los hallazgos encontrados en los rayos X o la resonancia magnética, ya que los síntomas de cada paciente dependen de la posición y de la actividad que realice cada uno4.

La mayoría de los episodios agudos (de aparición repentina y con menos de 4 semanas de tiempo de evolución) de lumbalgia inespecífica (que no tiene una causa aparente) se deben inicialmente al mal funcionamiento de la musculatura y posteriormente a un mecanismo neurológico, el cual desencadena y mantiene el dolor, la contractura muscular y la inflamación.

Cuando nos encontramos frente a un caso crónico (un dolor de mas de 3 meses de duración) se suman los problemas musculares y psicosociales, los cuales contribuirán a empeorar la patología y dificultarán la recuperación. La falta de actividad física provocará una perdida de coordinación y potencia muscular, viniendo la atrofia de la mano de los mismos. Esto provocará el empeoramiento de los síntomas, dando lugar al miedo al movimiento que terminará cerrando el circulo vicioso. Finalmente aparecen de forma inevitable los pensamientos catastróficos y las actitudes pasivas, llegando incluso a culpar a terceros de dicho mal5.

Esto se contradice con lo que comunmente se piensa, ya que en caso de una lumbalgia inespecífica (que no tiene causa aparente tras estudio) el reposo esta contraindicado, debido a que debilita y atrofia la musculatura de la espalda, dejando a esta zona sin soporte alguno6.

Por ello, la mejor recomendación es mantener el mayor grado de actividad física que el dolor permita, y si en algún caso es necesario el reposo en cama, éste debe ser lo más breve posible y durar un máximo de 2 días, ya que se estima que cada día de reposo encama conlleva una pérdida del 2 % de la potencia muscular5.

 

Bibliografía

  1. Airaksinen, JI. Brox , C Cedraschi , J. Hildebrandt, J. Klaber- Moffett , F. Kovacs et al. European guidelines for the management of chronic nonspecific low back pain. Eur Spine J 2006;15:S192–S300.
  2. World Health Organization. Health Promotion WHO Press. Suiza.  1998:3.
  3. Covarrubias-Gómez. Lumbalgia:Un problema de salud pública. Clínica del dolor Vol. 33. Supl. 1, Abril-Junio 2010 pp S106-S109
  4. Gómez-Conesa, S. Valbuena Moya. Lumbalgia Cronica Y Discapacidad Laboral. Fisioterapia 27(5), 255-265, 2005
  5. Kovacs. Manejo clínico de la lumbalgia inespecífica. Semergen. 2002; 28: 1-3.
  6. Pérez Guisado. Contribución al estudio de la lumbalgia inespecífica Rev Cubana Ortop Traumatol 2006;20(2) Facultad de Medicina de Córdoba Córdoba, España

¿QUÉ HACER ANTE LOS PROBLEMAS? ¿CÓMO ENFRENTARNOS A ELLOS?

Teniendo en cuenta la vuelta a la rutina propia de estos meses de septiembre-octubre, nuestra psicóloga quiere recordarnos esta publicación sobre cómo solventar los problemas que nos puedan aparecer, o aquellos que tendemos a interpretar como tales cada año:

 

“No hay nada permanente en este malvado mundo. Ni siquiera nuestros problemas”

Charles Chaplin.

 

Lo cierto es que a todos nos surgen problemas en nuestro día a día. Sin embargo, cualquier circunstancia o situación puede ser experimentada por algunos como un problema y por otros no; por lo que no podemos nombrar una serie de problemas universales ya que la percepción de cada individuo juega un papel muy importante.

 

¿Cómo identificar, entonces, la presencia de algún problema o situación estresante?

 

Para ello, tenemos que conocernos muy bien a nosotros mismos y, también, observar cómo suelen percibir los demás las diferentes situaciones. ¿Conocéis a alguien que siempre tenga algún problema? Hay personas que no pueden separarse de ellos. Muchas veces solemos creer que es una persona con “muy mala suerte” y, excepto en casos excepcionales, suelen ser personas que perciben cualquier situación como “el fin del mundo” o que se lo toman todo “a la tremenda”. En el otro extremo, están aquellos con apariencia pasiva que no suelen quejarse de nada. En este caso, no podemos afirmar que esto sea debido a que tengan “muy buena suerte”, sino a que puede que no verbalicen lo que les pasa, pues problemas tenemos todos.

 

En definitiva, lo que nos hace diferentes a cada uno de nosotros es la manera que tenemos de interpretar, elaborar y/o solucionar las situaciones que vivimos y las cosas que nos pasan; y no la presencia o ausencia de problemas, que no son más que el significado o valoración que le damos a cada una de esas situaciones.

 

Entonces, ¿qué tipo de errores podemos cometer a la hora de enfrentar un problema?

  • Uno de los errores que podemos encontrarnos, o con el que podemos sentirnos identificados, es el de optar por evitar este tipo de situaciones. Ello puede, a menudo, resultarnos útil pero no hará que la situación se resuelva por “arte de magia” y puede convertirse en una carga añadida.
  • Otro de las casos es el de limitarse a colocar la culpa en los demás; con lo que tampoco conseguimos ninguna solución para posteriores ocasiones en las que el hecho en cuestión vuelva a repetirse y no deja de ser un método de evitación.
  • Otro error sería la tendencia a autocriticarnos y machacarnos por lo sucedido. Esta forma de lidiar con el problema no sólo no conseguirá que se resuelva sino que puede llegar a multiplicar la probabilidad de repetir el problema de nuevo, pues no se analiza por qué motivo ha podido surgir y no se actúa en consecuencia.

De este modo, para no cometer estos errores, lo primero que hay que tener en cuenta a la hora de enfrentarnos a alguno de ellos es que sólo podemos cambiar los problemas de los que formamos parte.

 

Para ello, tenemos que definirlos desde nosotros mismos para barajar todas las posibilidades de actuación que tenemos al respecto y ser conscientes de nuestra responsabilidad en el surgimiento del problema, sin sentirnos culpables. Pero, por otro lado, en los casos en que estas situaciones sean ajenas a nuestro control o no dependan de nuestros hechos para su resolución, sólo podemos aceptarlas, con mayor o menor ayuda, y aprender a vivir con ellas.

 

En definitiva, para resolver un problema del que somos partícipes, tenemos que analizarlo con detenimiento; describirlo de forma secuencial; plantearnos qué es lo que solemos hacer y qué es lo que queremos conseguir, para descubrir qué podríamos hacer, diferente a lo que hacemos habitualmente, para que el problema desapareciese.

 

Por otro lado, en los casos en los que el problema suele ceñirse a la relación con una persona (que es considerada coloquialmente como “un problema con patas”) ya sea de noviazgo, familiar o de amistad; hay que tener en cuenta que no podemos cambiar a la otra persona, pero donde sí tenemos influencia es en la relación. Es decir, si cambiamos nuestra posición con respecto a la otra persona, de alguna manera estamos obligándole a cambiar la suya y esto puede ayudarnos bastante a alejarnos de situaciones problemáticas.

 

Y, por último, también podemos prever la aparición de alguno de ellos dialogando asertivamente sobre las cosas que nos molestan, nos preocupan, nos duelen, etc.; antes que callarlo y dejar que el vaso rebose.

 

Porque lo cierto es que a todos nos surgen problemas, de mayor o menor importancia, en nuestro día a día; pero se vive mejor afrontandolos y, de este modo, desprendiéndose de ellos lo más rápido posible.

 

Esta publicación también la podéis encontrar en http://www.quererseespoder.com/gestionamos-los-problemas/

CÓMO AFRONTAR EL SUFRIMIENTO DESDE LA AUTOCOMPASIÓN

Los medios de comunicación, nuestros familiares y nuestros amigos no dejan de repetirnos lo importante que es pensar en positivo, invitándonos a evitar todas las sensaciones y pensamientos que nos ocasionan malestar, que, por otro lado, de una manera o de otra termina apareciendo. El mensaje suele ser claro: obviar el sufrimiento, escaparse, evadirse; buscar otra cosa que nos reconforte.

Es verdad que pensar de forma negativa a menudo dificulta que las situaciones mejoren, pero tampoco resulta fácil en determinadas circunstancias cambiar nuestro discurso interno por cualquier otro repleto de positividad.

Por ello, nuestra psicóloga Irene Arroyo Quirell, quiere compartir con vosotros una publicación sobre la autocompasión como forma de afrontar el sufrimiento que nosotros mismos generamos:

Como sabemos, es imposible vivir, de forma permanente, inmersos en situaciones positivas y emociones placenteras. No podemos obviar el sufrimiento. Vivimos en un mundo en el que el sufrimiento existe. Nos llega, en algunas situaciones, y se va. Todos, de una u otra manera, lo hemos experimentado. Simplemente, es algo que forma parte de la vida.

El sufrimiento puede ser interno, proveniente del discurso mental que reservamos para nosotros mismos; o externo, que viene de fuera y surge de aspectos que no podemos controlar.

¿Hay alguna manera de librarnos de él?

Eso depende de a cuál nos refiramos. Para el caso del sufrimiento originado por circunstancias que no podemos controlar es más complicado, ya que éste es más inevitable.

Pero, sí podemos deshacernos del sufrimiento interno.

Nuestro cerebro registra lo que vemos o aquello que nos pasa e, inmediatamente, nos lo devuelve con una respuesta fisiológica. Por ejemplo: cuando vemos una situación de peligro, se acelera nuestro corazón y experimentamos miedo; si vemos una comida que nos gusta, salivamos; ante situaciones eróticas, nos excitamos; si nos abraza un ser querido, sentimos calma, seguridad y calidez; etc. Del mismo modo que la manera en que nos hablamos a nosotros mismos también promoverá diferentes sensaciones y respuestas guiadas por el mensaje que nos queramos transmitir.

Entonces, podemos actuar de dos maneras: desde la autocrítica y desde la autocompasión.

  • La autocrítica.

En ocasiones, el hecho de ser autocrítico puede impulsarnos y motivarnos a mejorar. Pero si vivimos criticándonos de forma permanente, en lugar de conducirnos a mejorar, terminaremos agotados y torturados ante nuestros propios ataques, pues las exigencias cada vez serán mayores y los esfuerzos los sentiremos inútiles. Podemos acabar centrados en los déficits y experimentando emociones como la ira, la frustración, la ansiedad y el  desprecio hacia nosotros mismos.

  • La autocompasión.

La autocompasión es la bondad y aceptación de uno mismo. Cuando nos hablamos desde la autocompasión nos sentimos seguros, calmados (como cuando nos abraza un ser querido), y la seguridad es esencial para liberarnos del sufrimiento.

Por ello, debemos procurar hablarnos desde la amabilidad y el cuidado.

Si nos hablamos desde la autocompasión seremos, también, capaces de dar lo mejor de nosotros mismos, de mirar hacia adelante y saber encajar lo positivo y lo negativo que nos ocurra, podremos validar los obstáculos que se nos presenten y generar el coraje suficiente para continuar.

Para potenciar la autocompasión tenemos que cuidar el tono en el que nos hablamos, entender que el sufrimiento es parte del camino del ser humano, saber disfrutar de nuestras propias alegrías y las de los demás, y vivir aquello que nos suceda sin aferrarnos, sea bueno o malo.

Para que lo entendamos mejor, en este ejemplo se dan ambas formas de comunicarnos:

Somos autocríticos cuando nos machacamos a nosotros mismos porque hemos suspendido un examen después de llevar mucho tiempo estudiando y esforzándonos por aprobar. Y autocompasivos cuando, a pesar de haber suspendido, valoramos el esfuerzo y tiempo invertidos y sacamos el coraje suficiente para volver a hacerlo.

En definitiva, si somos autocríticos podemos conseguir pasarnos la vida intentando ser “perfectos” y castigarnos cuando consideramos que no lo estamos siendo. O, por otro lado, al ser autocompasivos podemos aceptar que no lo somos y valorar todo lo que hay detrás de lo que hacemos: el esfuerzo, la dedicación, y sobre todo, la intención.

“No hay hombres perfectos, sólo intenciones perfectas”, Morgan Freeman.

Cuando intentamos ser perfectos en todo, podemos caer en la trampa de estar generando nuestro propio sufrimiento.

Nos pasamos la vida mostrando nuestras virtudes y tratando de no tener defectos. O escondiéndolos y esperando que los demás nos los acepten. Pero, si deseamos que los demás validen nuestros defectos, ¿por qué no lo hacemos nosotros mismos? Si somos capaces de aceptar que los demás tampoco son perfectos, ¿por qué tratamos de serlo nosotros?

Es muy difícil intentar vivir en lo más alto, ya que es algo que no podemos sostener por mucho tiempo. Por ello, os animamos a que os habléis desde la autocompasión y el autocuidado independientemente de si os habéis caído o tenéis que celebrar una victoria.

 

Recuerda que también puedes encontrar este contenido en  http://www.quererseespoder.com/autocompasion/

¿Qué es la ansiedad y cómo diferenciarla del miedo?

Como muchas veces confundimos la ansiedad con otras sensaciones de nuestro cuerpo, queremos dejaros esta publicación de nuestra psicóloga Irene Arroyo Quirell sobre qué es la ansiedad y cómo podemos tratar de gestionarla. Esta publicación la podéis encontrar también en http://www.quererseespoder.com/ansiedad/

La ansiedad surge como una reacción de alarma de nuestro organismo ante situaciones que son interpretadas como peligrosas o amenazantes. Puede  describirse como un estado generalizado de alerta y activación.

Pero, antes de conocer en profundidad  más detalles sobre la ansiedad, es imprescindible distinguirla del miedo:

“El miedo al peligro es diez mil veces más terrorífico que el peligro mismo cuando éste se manifiesta ya claramente; y el peso de la ansiedad es mucho mayor que el mismo mal que nos tiene ansiosos”, Daniel Defoe.

Tanto la ansiedad como el miedo pueden darse en una misma situación. De hecho, en muchas ocasiones son emociones que van de la mano. En cambio, tienen lugar por diferentes motivos:

  • El miedo surge por la presencia de un peligro real e inminente generado por una causa específica, comprensible a ojos de los demás.
  • La ansiedad tiene lugar cuando anticipamos un peligro futuro, que no se puede prever ni definir con exactitud. A veces, es incomprendido por parte de los demás. No tiene una causa específica. Es un peligro que nosotros mismos creamos.

¿Por qué es necesario hacer esta distinción? Porque, en muchas ocasiones, se dan los mismos síntomas ante situaciones de miedo y de ansiedad.

También es necesario saber que no todas las personas que padecen ansiedad presentan los mismos síntomas ni su misma intensidad; y que los síntomas no tienen lugar porque sí, sino que contribuyen a preparar al organismo para el peligro. El problema aparece cuando nos alarman de un peligro que nosotros imaginamos, y no de un peligro real. Por eso es tan importante distinguir la ansiedad del miedo.

¿Cuáles son esos síntomas?

  • Taquicardias, palpitaciones, temblores, sudoración, hormigueo, tensión y rigidez muscular, etc.
  • Opresión en el pecho, molestias digestivas, náuseas, nudos en el estómago y sensación de falta de aire, de mareo, de cansancio…

Otros síntomas que pueden tener lugar son respuestas de evitación y huida; alteraciones en la atención hacia el exterior;  cambios en el estado de ánimo (porque nos sintamos inquietos, nerviosos, inseguros, vacíos, atrapados, etc.); alteraciones del sueño, de la alimentación y de la respuesta sexual; etc.

Todos estos síntomas tendrán una función adaptativa cuando nos encontremos ante un peligro real, pues nos permitirán activarnos para defendernos o huir. Por lo tanto, son necesarios y útiles cuando experimentamos miedo.

Pero, ¿y si lo que padecemos es ansiedad?

Cuando son nuestras propias preocupaciones por volver a experimentar estos síntomas, o nuestro miedo a la ansiedad lo que provoca que aparezcan, los síntomas serían inútiles o desadaptativos. Tanto que pueden llegar a paralizar nuestra vida, pues evitaremos muchas situaciones que forman parte de ella para no experimentar esta terrible sensación.

Entonces, ¿cómo podemos combatirla?

Para combatir la ansiedad es necesario reeducar a nuestro cerebro. Cómo ya sabemos, éste se activa ante el peligro y prepara al organismo contra él. Por lo tanto, es necesario volver a aprender qué es un peligro real y distinguirlo de nuestras preocupaciones acerca de lo que puede pasar.

De esta forma, antes de enviar a nuestro cerebro señales de peligro inminente, parémonos a pensar ante qué clase de peligro nos encontramos.

La mejor forma de diferenciarlos es asegurándonos de que es una señal que creamos nosotros mismos. Es nuestra propia preocupación lo que nos genera ansiedad.

Por lo tanto, el pensamiento positivo es de vital importancia. Tenemos que empezar a cambiar nuestra manera de pensar para poder perder ese miedo. Para ello, puede resultar muy útil el uso de autoinstrucciones positivas sobre lo que va a pasar, que nos guíen hacia aquello que queramos llevar a cabo; y comprender que los síntomas aparecen por el miedo que nos genera nuestra propia interpretación sobre lo que nos puede suceder y no por algo que tenemos delante.

Por último, la técnicas de relajación y respiración son muy útiles para combatir la ansiedad. Además, hay muchas otras formas de relajarse, y son actividades que podemos hacer en nuestro día a día en función de nuestros gustos y preferencias.

Aquí  os dejamos esta imagen sobre 50 formas de relajarse que propone el psicólogo Rafael Santandreu:

Fuente: http://www.rafaelsantandreu.es/el-blog-de-rafael/page/4/

Por último, y muy importante, es necesario buscar una ayuda profesional personalizada cuando padecemos una ansiedad que no podemos gestionar adecuadamente.

MITOS DE LOS TCA

En referencia a la anterior publicación https://www.gmlopezcano.com/visibilizacion-de-los-tca/ , en la que nuestra psicóloga Irene Arroyo Quirell nos habló de los Trastornos de la Conducta Alimentaria y de la importancia de éstos en el desarrollo de la obesidad, es necesario que tomemos conciencia de que en muchas ocasiones hacemos comentarios desacertados y de que, incluso, sustentamos creencias falsas o mitos sobre los mismos.

Si nos centramos en  los comentarios, frutos de esas creencias -y con el objetivo de visibilizar y desmitificar todo lo relacionado con el colectivo afectado-, es importante que aprendamos a evitarlos, puesto que no hacen más que aumentar el malestar de la persona, que puede estar sufriendo o no un trastorno de este tipo, y  porque, además, suelen estar exentos de evidencia científica.

Algunos de ellos pueden ser:

  • Las personas que lo sufren son extremadamente delgadas, tanto que se ven insalubres.

“¡Qué delgada estás! Estás anoréxica perdida”.

“Fíjate como está y se mira en el espejo y se ve gorda”.

“A ella lo que le hace falta es un buen potaje”.

 

Es fundamental que conozcamos que estas personas pueden verse sanos, pueden estar en normopeso, puede parecer que tienen una relación normal con la comida… y ¡puede que esto no sea así! Como suele ser el caso de las personas que presentan Bulimia Nerviosa.

Además, si estamos ante el caso de una persona que padece un TCA con infrapeso, no le ayuda que hagan comentarios sobre su aspecto; mucho menos, si no tiene conciencia de enfermedad. Al igual que no le agrada a una persona que es de constitución delgada, sin que presente enfermedad alguna.

Por otro lado, el peso de una persona no determina la existencia de un TCA, hay personas con un IMC bajo que no lo presentan, como aquellas nombradas anteriormente que tienen una constitución delgada. Al igual que hay personas que, en otras categorías del IMC (sobrepeso I  y II, obesidad… ) pueden presentar un TCA, como podría ser el Trastorno por Atracón, al igual que pueden no presentarlo. Todo dependerá de la existencia de otros factores.

En definitiva, el peso no es la única señal de alarma de la presencia de un TCA.

 

  • Estos trastornos únicamente afectan al comportamiento de comer.

“Si quieres perder peso, come menos y ya está”.

“A él lo que le pasa es que come como si le fuesen a quitar el plato de las manos”.

“Está en un plan que o se lo come todo o no come nada”.

Además de esta conducta, hay muchos factores que se asocian a que se desarrolle un TCA:

  1. En primer lugar, los genes. Este tipo de trastornos están influenciados por factores genéticos, pero éstos por sí solos no predicen que alguien vaya a desarrollar un TCA, sino que son trastornos multicausales en los que los genes pueden predisponer a la persona a padecerlo.
  2. En segundo lugar, la historia de vida de la persona: Aprendizaje y experiencias durante la época de la niñez, tipos de apego con padres y/o cuidadores, funcionamiento y exigencias familiares.
  3. La sociedad también juega un papel importante: Sobreexigencias externas respecto al peso y a la conciliación de la vida diaria, apoyos y funcionamiento social, cánones de belleza, importancia de la figura corporal y sobreexposición de ésta (en redes sociales, por ejemplo), ambiente obesogénico, estrategias de márketing de las industrias de los alimentos, etc.
  4. El estado metabólico, energético u hormonal de la persona en cuestión.
  5. El funcionamiento personal: Flexibilidad cognitiva, aspectos de la personalidad (impulsividad, perfeccionismo…), estrés y exigencias internas, locus interno o externo de control y responsabilidad; y la afectación a nivel psicológico: Reactividad emocional frente a eventos diarios, apetito y reactividad hedónica frente a alimentos, sentimientos de incapacidad y culpa, insatisfacción, frustración, impotencia, estado de ánimo bajo y ansiedad, etc.

 

Además hay otros comportamientos que están involucrados en la presencia y mantenimiento de este trastorno: Conductas compensatorias después de la ingesta (uso de laxantes, diuréticos u otros fármacos), el comportamiento de otras personas a la hora de comer, práctica de ejercicio físico, la práctica de dietas reiteradas sin resultados a largo plazo…

Por último, si mantenemos la creencia de que lo único que hay que hacer es “comer menos, en unos casos; y comer más, en los otros”, lo único que vamos a conseguir es que éstas personas que lo sufren entiendan que es suficiente con ir al nutricionista, e incluso, intentar superarlo por sí mismos; cuando es necesaria la colaboración de un equipo multidisciplinar conformado por nutricionistas, pero también especialistas desde las áreas de psiquiatría, psicología y medicina.

 

  • La persona afectada elige padecer dicho trastorno.

 “Si no para es porque no quiere”.

“No come para llamar la atención”.

 “Lo que busca es que los padres le hagan caso”.

 

Como se ha citado en el punto anterior, hay muchos factores que pueden predisponer y desencadenar un TCA que, como enfermedad mental, uno no elige padecer.

Y, en cuanto al comentario sobre los padres, es importante que conozcamos que los padres, y la familia en general no son culpables de lo que ocurre. Aunque puedan tener cierto grado de responsabilidad (que no culpabilidad), tampoco eligen que su familiar padezca este tipo de enfermedades. De hecho, el tratamiento con ellos va enfocado a que se conviertan en grandes aliados de cara a la curación.

 

  • Sólo afecta a mujeres.

“Estas niñas con la dieta…”

“Las mujeres hacen locuras con tal de meterse en el bikini”.

“Eso es cosa de mujeres…”

“A los que somos hombres de verdad no nos importa tanto la imagen”.

Aunque se ha reconocido una mayor prevalencia de mujeres y en la etapa de la adolescencia (Gómez-Candela et al.; 2018), estos trastornos pueden afectar a todo tipo de personas, por lo que pensar que es una enfermedad de “mujeres” puede aumentar el estigma en los hombres que los padezcan, interferir en la conciencia de enfermedad y retrasar la búsqueda de ayuda y/o tratamiento. Según estos autores, a día de hoy se estima una prevalencia combinada del 13% para todos los TCA, siendo el Trastorno por Atracón el que representa el TCA más prevalente en adultos y la Anorexía Nerviosa la más frecuente en mujeres jóvenes.

Por todo ello, tenemos que ser conscientes de que pueden padecer un TCA personas de diferentes clases sociales (Acerete, Trabazo & Ferri, 2010) y nivel socioeconómico, de ambos sexos, a diferentes edades y con diferentes pesos y cuerpos.

 

  • Es imposible recuperarse de un TCA.

“Pues…eso ya es para toda la vida”.

“Siempre tendrás mente de gordo o de anoréxica, con lo que tienes que tener cuidado con lo que haces”.

Hay que tener en cuenta que estos trastornos son muy peligrosos, ya que ponen en entredicho la salud física y mental de la persona, hasta el punto de que existan complicaciones médicas o que, en casos extremos, se den autolesiones e intentos de suicidio.

Pero su recuperación es posible, y más aún si se da detección precoz y se interviene de forma adecuada con tratamiento multidisciplinar (psicológico, médico y nutricional).

 

  • Si no vomita, no tiene comportamientos compensatorios.

“Lo suyo no es muy grave porque no vomita.

Si vomitase ya sí estamos hablando de un problema”.

La presencia de vómitos es propiamente conocida en la bulimia nerviosa, pero, por ejemplo, también puede aparecer en el tipo purgativo de la anorexia nerviosa, al igual que pueden tener lugar otros comportamientos compensatorios distintos, como pueden ser el ejercicio físico excesivo o el uso de laxantes, enemas o diuréticos.

O, por otro lado, puede que esté desarrollando un trastorno en el que no aparecen conductas compensatorias a la ingesta en forma de atracón.

Por todo ello, no hay que quitarle importancia a la patología porque determinados comportamientos estén ausentes, porque los TCA son diferentes pero todos van acompañados de mucho malestar y pueden llegar a comprometer mucho la salud.

 

Acerete, D. M., Trabazo, R. L., & Ferri, N. L. (2010). Trastornos del comportamiento alimentario: Anorexia nerviosa y bulimia nerviosa. Protocolo AEPED. Capítulo, 7.

Gómez-Candela, C., Palma-Milla, S., Miján-de-la-Torre, A., Rodríguez-Ortega, P., Matía-Martín, P., Loria-Kohen, V., … & Castro-Alija, M. J. (2018). Consenso sobre la evaluación y el tratamiento nutricional de los trastornos de la conducta alimentaria: anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, trastorno por atracón y otros. Resumen ejecutivo. Nutrición Hospitalaria, 35(2), 489-494.

 

 

VISIBILIZACIÓN DE LOS TCA

Con motivo de que el 2 de junio fue el día de los TCA, nuestra psicóloga Irene Arroyo Quirell quiere compartir con vosotros información importante sobre este tipo de trastornos y su repercusión en el desarrollo de la obesidad:

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), son:

“Los trastornos de la conducta alimentaria y de la ingesta de alimentos se caracterizan por una alteración persistente en la alimentación o en el comportamiento relacionado con la alimentación que lleva a una alteración en el consumo o en la absorción de los alimentos y que causa un deterioro significativo de la salud física o del funcionamiento psicosocial.

(…) A pesar de las características psicológicas y de comportamiento comunes, los diferentes tipos de trastornos difieren sustancialmente en el curso clínico, en los resultados y en las necesidades de tratamiento.

(…) Algunos individuos que padecen este tipo de trastornos refieren síntomas similares a los que suelen atribuirse a las personas con trastornos por consumo de sustancias, como el ansia y los patrones de consumo compulsivo. Esta semejanza puede reflejar la implicación de los mismos sistemas neuronales, como los implicados en la regulación del autocontrol y la recompensa.

(…) Finalmente, la obesidad no se incluye en el DSM-5 como un trastorno mental. La obesidad (el exceso de grasa corporal) es el resultado del exceso de consumo de energía en relación con la energía gastada a largo plazo.

Existe un abanico de factores genéticos, fisiológicos, conductuales y ambientales que pueden variar entre los individuos y que contribuyen al desarrollo de la obesidad; por tanto, la obesidad no se considera un trastorno mental. Sin embargo, hay asociaciones importantes entre la obesidad y ciertos trastornos mentales (por ejemplo, el trastorno de atracones, los trastornos depresivo y bipolar, la esquizofrenia)”.

En definitiva, los TCA son trastornos mentales caracterizados por un comportamiento patológico frente a la ingesta alimentaria y una obsesión por el control del peso.

Es importante tener en cuenta que son trastornos de origen multifactorial, originados por la interacción de diferentes causas: biológica, psicológica, familiar y sociocultural; y que provocan consecuencias negativas tanto para la salud física (desnutrición, obesidad) como para la salud mental.

Entre los TCA más conocidos están la Anorexia Nerviosa, en primer lugar, y, a continuación, la Bulimia Nerviosa. Pero hay otros igual de importantes que no son tan conocidos, como el Trastorno por Atracón, en el que me voy a centrar en esta publicación.

Es poco probable que una persona reúna todos los criterios para cumplir un tipo de patología, pero es importante conocer las características del trastorno para comprender que son comportamientos que pueden estar perjudicando nuestra salud y reflejan un inadecuado manejo de las ingestas, de nuestra satisfacción corporal y, sobre todo, entender que, si son detectados pronto, la enfermedad puede tener un mejor pronóstico de restablecimiento o una más fácil reconducción hacia hábitos más saludables.

Dicho esto, os presento las características de un TA:

Por un lado, tienen lugar episodios recurrentes de atracones que se caracterizan por:

– La cantidad de alimentos que se ingiere es claramente superior a la que tomaría la mayoría de las personas en una situación similar.

– Hay una sensación de falta de control sobre lo que se come.

Por otro lado, esos atracones están asociados a tres (o más) de los hechos siguientes:

  • Comer mucho más rápidamente de lo normal.
  • Hasta sentirse desagradablemente lleno/a.
  • Cuando no se siente hambre físicamente.
  • Comer a solas o a escondidas.
  • Presentarse muy avergonzado/a y culpable, una vez que tiene lugar el hecho.

Evidentemente, todo ello puede desembocar en un sobrepeso u obesidad que es necesario que se trabaje, no sólo desde un punto de vista nutricional o dietético, sino también desde el área de la psicología.

Por todo ello, desde la Unidad de Obesidad de Grupo Médico Lopez Cano os invitamos a que reflexionéis sobre cómo es vuestra relación con la alimentación y a que pidáis ayuda y apoyo si lo veis necesario.

LO QUE ME GUSTARÍA DECIRTE

A continuación, os presentamos el relato titulado “Lo que me gustaría decirte”, realizado por nuestra psicóloga Irene Arroyo Quirell y galardonado con el primer premio del II Concurso de Relatos Cortos Imagen y Salud. Este concurso fue organizado por los Colegios Oficiales de Psicología de Andalucía Occidental y Oriental, a través de sus Fundaciones FUNCOP y FUNPSI; y ha tenido lugar en apoyo a la propuesta de la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía de promover una visión positiva y saludable de la imagen personal y para la prevención de los Trastornos de la Conducta Alimentaria:

Todo parecía ir como un día cualquiera. Sonó su alarma por tercera o cuarta vez y ella, saltó de la cama como una bala, fue corriendo al baño, luego se vistió rápidamente y….¡llegó mi momento! O eso creía yo. Pero, parecía que iba tarde a la universidad, porque, en lugar del paseo de primera hora de la mañana, me abrió la puerta de la terraza para que hiciera mis necesidades.

Yo, por supuesto, prefería dar el paseo. Pero lo cierto es que me olvidaba enseguida. Además, ella no tardaba en volver a casa y, antes de comer, seguro que me sacaba.

En general, todo iba bien en aquella casa. Nos habíamos mudado hacía muy poco y cada dos por tres volvíamos al pueblo a visitar a la familia. Yo era más feliz allí, conocía a todos los perros de la zona, y tenía un jardín enorme para mi solito, pero no soportaría echarla tanto de menos. Menos mal que ella tampoco quería alejarse de mí.  Nos habíamos mudado porque ella, Sandra, estaba empezando su primer año de universidad. Quería ser veterinaria. Yo no sé qué es eso, pero apuesto a que conseguirá todo aquello que se proponga.

La casa era muy pequeñita, un pequeño estudio que ocupaban una chica extremeña de dieciocho años y un shar pei americano. La cocina estaba recogida dentro del salón y éste se comunicaba con nuestra habitación, el mejor lugar de la casa. Y no por la cama, ya que yo podía acomodarme en cualquier parte, sino porque tenía un enorme ojo de buey (como ella le llamaba) delante del cual pasaba las horas muertas mirando la bonita ciudad de Sevilla. Bueno, ahí y en la terraza.

Pero, lo cierto es que en la nueva casa todo empezó a volverse muy raro. Además, ella siempre estaba triste y enferma. Yo la veía vomitar casi a diario. Charlie, la chihuahua de su prima Ángela, me dijo que ella también pasó una época vomitando y empezó a hinchársele mucho la barriga hasta que llegó Alejandra, la humana pequeñita que la trae celosa perdida. ¿Sería eso? Y, bueno… ¿Cómo me sentaría a mí? Aunque pensándolo bien, a lo mejor así volvíamos a casa… Y así, me pasaba los días divagando frente a la gran ventana redonda mientras que Sandra estaba en clase.

A medida que corría el tiempo, yo comenzaba a ponerme nervioso, porque sabía que se acercaba el momento de coger el coche y volver a casa por unos días. Pero esa semana fue un poco especial: en primer lugar, porque ella seguía enferma y triste; además, se despertaba de mal humor, no me sacaba a pasear; y, sobre todo, porque andaba corriendo todo el rato de un lado a otro. ¿Por qué siempre los humanos se lo toman todo a la ligera? Debería descansar si está enferma, pensaba yo para mí.

Y, finalmente, esa semana se me hizo más larga de la cuenta. Aunque, uno de los días se levantó para dar un paseo conmigo. En ese rato, yo fui feliz. Estuvimos horas caminando, fuimos al parque y me compró unas galletitas que sabe que me encantan. Aunque no sé por qué siempre se me hace tan corto el tiempo.

Ya tenía que ser fin de semana. Ella seguía vomitando después de comer. Todo le sentaba mal. No sé si estaba embarazada o no, pero no podía seguir así. No podía estar enferma, porque luego se iba a correr y hacía las cosas de la casa. Siempre fue una chica muy aplicada, ordenada y limpia. Así que debe ser que le sentó mal algo de esta casa o de esta ciudad.

Después del paseo matutino, y tras llevarse horas estudiando, tuvimos visita de sus nuevas compañeras de facultad. No sé por qué será, pero les caí bien a todas y… ¡Eso me encanta! Tenía a cinco chicas acariciándome la barriga durante… ¡no sé! Yo soy un perro, no llevo la cuenta.

Parece que ese día estaba libre, debía ser sábado porque me daba en el hocico que se iba de fiesta con esas chicas y me esperaba una noche tranquila frente al gran ojo de la nueva ciudad.  Yo odio las fiestas. Hay mucha gente y mucho ruido. Pero esta fiesta no fue en casa, sino fuera, porque estuve solo toda la noche. Cómo para serlo, había dejado la casa patas arriba…todo el rato probándose ropa, peinándose, maquillándose, depilándose… ¿Por qué se cambiará de ropa una y otra vez? ¿Y de peinado? Y, al final, siempre se queda con lo primero que se probó. Todo lo demás por medio, con lo tiquismiquis que es cuando derramo un poco al beber agua.

Desde luego, estos humanos no saben disfrutar de una buena vida de perros. Pasan más tiempo intentando aparentar ser diferentes a lo que son, que siendo ellos mismos y aprovechándose de los cariños y arrumacos de aquellos que los quieren tal y como son.

Además, hay más motivos por los que no me gustan las fiestas. Sandra al día siguiente siempre está de mal humor. Normal, empieza la mañana subiéndose al tiesto ese que le pone tan furiosa… ¿Por qué lo hará si nadie la vigila? Yo pensé subirme con ella, para tratar de ayudarla con aquello que quisiera conseguir, pero su reacción me indicó que eso no fue buena idea: “¿Quieres matarme de un disgusto? Ni siendo un Yorkshire querría que te subieras… ¡vete, joder!”, – me dijo.

Yo no entendí nada. Pero me dolió mucho que me mirara con esos ojos. Estaban llenos de odio y, sobre todo, estaban llenos de miedo.

Bueno, lo cierto es que hubo una palabra que sí entendí: Yorkshire. ¿Querrá que adoptemos un hermanito o hermanita? Empecé a divagar de nuevo con vistas a la gran ciudad. Puede que sea eso… ¡un perrito para el bebé humano que viene en camino!, así yo seguiría con ella y el Yorkshire con el bebé. ¡Guay! Creo que así no me pondré celoso.

La siguiente semana continuó bastante peor, porque, a partir de ese momento, no hacía más que estar tirada en la cama o en el sofá. Se olvidaba de sacarme, de ponerme la comida, etc. Incluso ella tampoco comía nada. Hubo días que ni siquiera fue a la universidad.

Debe de estar muy enferma o muy embarazada, como dice Charlie. Aunque tras varios días parece que hoy vamos al pueblo. ¡Estoy muy feliz y nervioso de ver a papá y mamá! Bueno, y a Charlie, Bobbie, Nole, Neka, Willy… ¡No puedo esperar!

Al llegar al pueblo, papá y mamá se han mostrado muy preocupados por su aspecto. Parece que ha perdido mucho peso con eso de estar embarazada, ¿o enferma? No sé bien. No paran de hablar de anorexia, bulimia, gordura, michelines… Esta última palabra me suena. Ella me llama así muchas veces y le encanta. Eso no puede ser algo malo. Aunque la veo realmente preocupada, así que yo también estoy triste. Parece que es por su figura, dice que quiere ser más guapa y delgada.

Estos humanos… ¡Cuánto cuidan su aspecto y qué poco cuidan su buen humor y sus relaciones! ¡Tantas veces que se enfadan, discuten, se critican, no se hacen caso…!

Pero yo estoy contento de ser un perro. Porque sé que yo siempre me alegraré de verla e iré corriendo a saludarla, aunque sólo haya ido a por el pan. Y porque me da igual que esté maquillada o recién levantada, que esté depilada o llena de pelos, que esté en pijama o con ropa de fiesta y, por supuesto, que tenga dos o tres kilos más o menos. Yo a quien quiero es a Sandra, tal y como ella es. ¡Ojalá algún día entendiese que nunca estará tan guapa como cuando juega conmigo! ¡Ni como cuando acaricia a otro perro que acaba de conocer! ¡Nunca será tan bella como cuando es ella misma!

PERDONAR Y PEDIR PERDÓN

Nuestra psicóloga, Irene Arroyo Quirell, quiere compartir con vosotros una nueva publicación sobre por qué es tan importante perdonar y pedir perdón. Esto es así, porque muchas veces pagamos con la comida aquello que no verbalizamos o no nos atrevemos a decir a los demás. Al igual que nos tragamos nuestras emociones y buscamos esa satisfacción o placer con la comida para enmascarar diferentes emociones que sentimos desagradables.

Pedir perdón es, junto con dar las gracias y decir “hola” o dar un beso para saludar, una de las primeras acciones sociales que suelen enseñarnos nuestros padres cuando somos pequeños.

A esta edad es fácil. Parece que no nos cuesta pedir perdón cuando rompemos algo de algún familiar, cuando le damos un golpe a nuestro/a hermano/a mientras jugamos, cuando cogemos algo sin permiso, etc. En definitiva, cuando le hacemos daño a alguien que queremos.

Por otro lado, cuando somos niños también perdonamos con la misma facilidad con la que pedimos perdón. Al hilo de los anteriores ejemplos: Tratamos de arreglar lo que nos rompieron y “aquí no ha pasado nada”, seguimos jugando con nuestro hermano a pesar de habernos llevado algún golpe, dejamos prestado lo que se cogió sin permiso

Pero, a medida que crecemos, todo esto se complica. Parece que nos resulta más difícil tanto pedir perdón a los demás como perdonarlos a ellos. Parece que tuviéramos menos derecho a cometer errores. Parece que consintamos cada vez menos el hecho de que los otros también puedan equivocarse. Y esto ocurre, sobre todo, porque cada vez tiene más peso nuestra parte emocional, que en la mayoría de las ocasiones es la que más dolor genera y la que, a menudo, induce a que no perdonemos cuando nos hieren, ni pidamos perdón cuando hacemos algo mal.

De hecho, puede que, en ocasiones, nos volvamos más orgullosos y rencorosos, no reconozcamos nuestras propias responsabilidades, disfracemos lo sucedido y pongamos excusas, culpabilicemos a los demás de nuestros propios errores, esperemos que los otros den el primer paso, nos avergoncemos, miremos hacia el lado opuesto al problema, dejemos pasar el tiempo esperando que se solucione sin poner de nuestra parte, etc.

Todo ello, nos generará menos dolor a corto plazo, pero finalmente, puede que nos haga renunciar a algo maravilloso (con un amigo/a, con un hermano/a, con tu padre o tu madre, con tu pareja, con tu compañero/a de piso o de trabajo…). Y, en su lugar, nos introduzca en una dinámica de rencor y odio, o de indiferencia, hacia la otra persona o hacia nosotros mismos. Y es mejor desprenderse tanto de una cosa como de la otra.

¿Qué podemos hacer?

En primer lugar, tenemos que estar dispuestos a aceptar que nuestras decisiones pueden hacerle daño a los que nos rodean, ser conscientes de que cometemos errores y que esos errores tienen consecuencias, a veces, devastadoras para los demás.

A partir de que reconozcamos las repercusiones de nuestros actos en los demás, podremos anticipar el sufrimiento que puede generar en el otro y ponernos en su lugar: ¿Cómo puede sentirse él sí…?, ¿Cómo me sentiría yo si fuera ella quien hiciera algo así?

Esto nos ayudará a tomar la decisión de realizar o no el hecho en cuestión, prestando atención a los “pros” y a los “contra” de llevarlo a cabo. Siempre que todo esto ocurra sin que tengamos la intención de hacer daño a alguien.

Pero ¿y si ya hemos cometido el error? ¿Y si ya nos han hecho daño?

Puede ocurrir que, en lugar de anticipar, nos demos cuenta del daño causado a posteriori.

En estos casos es necesario saber que todos cometemos errores, con más o menos frecuencia y/o con mayor o menor impacto en nuestro alrededor. Pero es algo que hacemos todos y cada uno de nosotros. Y cometer errores forma parte de nuestra experiencia de vida. Los errores nos hacen aprender mucho de nosotros mismos, y sobre todo, nos enseñan cómo comportarnos ante situaciones similares y qué cosas no queremos que vuelvan a ocurrir.

Es aquí cuando cobra importancia el hecho de perdonar y de pedir perdón: Una vez que somos conscientes del error cometido por el otro. Una vez que somos conscientes de nuestros propios errores. Cuando hemos diferenciado que es un hecho puntual y no un continuo. Cuando pedimos perdón y cuando perdonamos de verdad.

Perdonar es aceptar, de corazón, que la persona se ha equivocado (y/o que nosotros mismos nos hemos equivocado), que no ha hecho las cosas de la mejor manera, que no ha actuado como debería…y, sobre todo, que también nos podría haber pasado a nosotros.

Y, ¿qué ocurre si no perdonamos a alguien que nos haya hecho daño? o ¿y si es el otro quien no quiere perdonarnos?

Saber perdonar es tan importante como el pedir perdón, pero es cierto que puede que alguien decida no hacerlo con nosotros o que nosotros mismos no aceptemos el error cometido por el otro.

Para esos casos, sólo queda reinvertir el proceso con un nuevo objetivo: Al pedir perdón estamos reconociendo que hemos cometido un error, que no hemos hecho las cosas de la mejor manera posible, que no hemos actuado como deberíamos…y ese es el primer paso para perdonarnos a nosotros mismos, comprendernos y liberarnos de la culpa.

Al pedir perdón también buscamos perdonarnos a nosotros mismos, y eso es algo que sí podemos conseguir.

¿Cómo sabemos si debemos perdonar o no?

En la mayoría de las ocasiones sólo debería existir una opción: perdonar. Lo que no significa que la relación entre ambos no pueda cambiar. 

¿Qué debemos tener en cuenta para ello?

1º) Hay que ponernos en la situación del otro y tratar de comprender por qué ha tenido lugar el suceso en cuestión. Ver si tenemos alguna responsabilidad (que no culpa) sobre lo acontecido.

2º) Hacer memoria de si el hecho se ha repetido con anterioridad y cuántas veces (si nunca ha tenido lugar, vamos por el buen camino).

3º) Pensar en todo lo bueno y todo lo malo que nos ha aportado esa persona a lo largo de la historia de relación que tenemos con ella.

4º) Aceptar que nos rodeamos de todo tipo de personas (buenas y no tan buenas) y que tenemos diferentes maneras de relacionarnos con cada una de ellas (buenas y no tan buenas o “tóxicas”). Tratar de diferenciar si es alguien que nos está mintiendo o manipulando o es alguien que nos ha demostrado que podemos confiar en él/ella.

Y, por último, perdonar. Ya sea tomando la decisión de alejarnos o no. Propiciando un cambio en la relación o no.

Por todo ello, os animamos a que reflexionéis o hagáis memoria: ¿Cuántas personas conocéis que se quieren y no se hablan por algún motivo o por simple distanciamiento? ¿Cuántas otras con toda una vida de buen trato dejan de hablarse por un error? ¿Cuántas buenas personas que se han alejado por motivos insignificantes?

En todos estos casos, quizás hubiera ayudado el pedir perdón: reconocer el error, arrepentirse y hacérselo ver al otro.

Nuestro consejo: Decir “lo siento” cada vez que lo sintamos, ser más conscientes de todo aquello que hacemos bien y lo que no hacemos tan bien, y tratar de que esto último se repita lo menos posible.

 

Recuerda que también puedes encontrar este contenido en  http://www.quererseespoder.com/perdonar-y-pedir-perdon/

¿QUÉ HACER CUANDO QUEREMOS PERDER PESO?

Cuando nos damos cuenta de que hemos cogido algunos kilos o llevamos unos años arrastrando algunos que ya, nunca mejor dicho, nos pesan, el planteamiento habitual que nos surge es que tenemos que comer menos y hacer más ejercicio.

Por este motivo, es probable que esas veces que queremos perder peso, en primera instancia, reduzcamos las calorías que consumimos habitualmente, pidamos una dieta a nuestra cuñada -de cuando estuvo embarazada y tuvo el bebé-, o tiremos de una de las “dietas milagro” que podemos ver en internet. E incluso, nos dejamos engañar por otras dietas basadas en productos específicos que, una vez finalizado el régimen, no volveremos a tomar jamás.

Pero, ¿es así de simple?

Por supuesto que no. Si fuera así de fácil no nos encontraríamos en consulta a tantas personas con el peso inicial que pretendieron perder en el pasado, o, incluso, con mucho peso más, producto de las frustraciones de no haber conseguido el objetivo o no haberlo sabido mantener en el tiempo.

Al intentar hacer múltiples dietas que no han sido realizadas por un especialista teniendo en cuenta nuestras particularidades, puede que estemos entrando, siendo o no conscientes de ello, en el ciclo de la dieta eterna.

¿En qué consiste esa dieta eterna?

 

En empezar períodos de dietas hipocalóricas con resultados a corto plazo, pero para siempre.

Es decir, ¿alguna vez habéis oído que alguien se pone a dieta porque tiene una boda? ¿Porque llega la feria? O la tan famosa operación biquini… Seguramente que la mayoría de nosotros la hayamos puesto en práctica en algún momento, incluso. Pero luego, llega la boda y nos hartamos de comer y una vez termina, no se retoma la dieta porque es demasiado sacrificada; en la feria nos hartamos de alcohol; y en el verano o en vacaciones… nos permitimos todo aquello de lo que nos hemos privado durante el invierno para poder meternos en el traje de baño, hasta que tiramos la toalla y empezamos de nuevo en septiembre como cada año…

Esto es así, porque al ser tan restrictiva o al no estar individualizada y desarrollada por un profesional en función de nuestras necesidades personales, es frecuente que nos cansemos y tiremos la toalla. Con ello, al no adquirir hábitos, volvemos a coger el peso perdido y empezamos de nuevo el mismo proceso. Lo que se llama con la conocida denominación de efecto “yo-yó”.

Si no aprendemos a alimentarnos, caemos en la trampa una y otra vez. Y no es porque no tengamos fuerza de voluntad, porque la tenemos después de llevar a cabo dietas tan hipocalóricas. Es porque nos engañamos a nosotros mismos. Vivimos pensando en la inmediatez “Queremos esto y lo queremos ahora”. Y no asumimos que esto es un proceso largo, pero que puede librarnos de ese tipo de dietas para siempre.

La dieta eterna no está destinada a que aprendamos a comer y esto es imprescindible para no volver a hacer dieta nunca más.

Si empezamos a cambiar el foco y entendemos que esas dietas de “pierde peso en 8 semanas” o “te quedan dos meses para el verano, quítate los hidratos  o toma este sustitutivo de la comida” son las que, verdaderamente, son eternas, nos resultará más fácil tomar la decisión de cambiar de hábitos en lugar de hacer dieta una y otra vez.

Son eternas porque necesitan un fin. Y en el momento en que finalizan nos comemos todo aquello de lo que nos hemos privado en ese espacio de tiempo. Y recuperamos el peso. Y cogemos incluso más. Y nos frustramos. Y nos sentimos incapaces. Y tiramos la toalla. Y seguimos comiendo, porque sabemos que más tarde o más temprano, tendremos que volver a hacer otra de esas dietas, buscando desesperadamente una que nos funcione.

Sin embargo, aquellas dietas con las que aprendemos a comer lo que necesitamos tendemos a desecharlas porque los resultados no se ven tan rápidamente. Pero es que éstas son más largas porque se requiere tiempo para: adquisición de hábitos, aprendizaje de cantidades, proporciones de macronutrientes, recetas, combinaciones de alimentos… incluso de probar cosas nuevas. De esta forma, los resultados no son inmediatos (en algunos de los casos), pero sí permanecen en el tiempo sin que ello nos suponga un sacrificio o sufrimiento tal como el de las dietas restrictivas.

Por ello, quizás, uno de los pasos importantes que podemos tomar es que decidamos acudir a un dietista-nutricionista que nos proporcione, mediante sus dietas, la educación nutricional que necesitamos y que nos enseñe qué y cuánto debemos consumir en función de nuestras características, nuestro estilo de vida y del ejercicio que llevemos a cabo.

Porque el otro aspecto que tenemos que tener en cuenta es que ese plan de alimentación se combine con ejercicio físico regular, lo que también requiere un tiempo para la adquisición de hábitos para aquellos que no lo hayan practicado nunca o para los que lo hayan hecho cada vez que se ponían a dieta, pero sin disfrutarlo.

Pero, aun así,  puede que comer mejor y hacer ejercicio de forma regular no sea suficiente. O, al menos, no lo sea para algunas personas.

Como se ha explicado en las publicaciones anteriores, hay un importante componente emocional en nuestro comportamiento a la hora de comer, y muchos otros factores psicológicos que están influyendo en el peso que cogemos o que nos sentimos incapaces de perder.

Al hilo de la publicación sobre la fantasía de cuando esté delgado/a, hay una ilusión y una expectativa de cambio cuando perdamos el peso que nos sobra; hay sentimientos de inutilidad e incompetencia tras muchos fracasos en conseguir algo tan, aparentemente, fácil (dejar de comer y moverte); hay comparaciones y  exigencias propias y ajenas; hay mucho estrés; hay miedos; hay presión social; hay una historia de vida detrás que puede estar interfiriendo en este proceso. Hay una autoestima pobre y sentimientos de incapacidad.

Además, a menudo las personas que acuden a un especialista para bajar de peso, realmente tienen otra demanda (que incluso ellas mismas desconocen): Sentirse aceptada y querida. Sentirse valorada. Sentirse orgullosa. Sentirse atractiva.

Por todo ello, sabemos que esas dietas que he explicado al principio no son las que vamos a repetir todos los días de nuestra vida. Así que, ¿por qué no darle la oportunidad a esa reeducación alimentaria en lugar de buscar incesantemente esa dieta milagro, que es imposible de cumplir siempre?

Desde la unidad de obesidad de Grupo Médico Lopez Cano os recomendamos desechar esas dietas y que os pongáis en manos de profesionales que os enseñen a incorporar buenos hábitos que sí que pueden ser definitivos para gozar de una buena salud:

 

  • Teniendo en cuenta que además de ser importantísimo prestar atención a los hábitos alimenticios y el ejercicio, también lo es la salud mental y emocional.
  • Autoestima.
  • Autocompasión.